Se ha vuelto muy común que los jóvenes decidan salir de casa por un arrebato producto de un problema que tuvieron con sus padres o con el familiar con quien estén viviendo en ese momento, otros toman la decisión basados en la vergüenza que podrían sentir al ser molestados por sus amigos o compañeros que ya viven solos, fuera del amparo monetario de sus padres. Sin embargo, el decidir salir del hogar que te han dado tus padres no debe ser una decisión tomada a la ligera, pues conlleva un gran número de responsabilidades.

Te voy a contar la historia de un primo, quien, tras una fuerte discusión con su madre, decidió que era hora de independizarse y así se lo hizo saber. Su mamá sabía de los problemas a los que se enfrentaría porque conocía su situación económica, pero no iba a ser ella quien lo detuviera, sino la vida misma le abrió los ojos.

Francisco o Panchi, como muchos de sus amigos y miembros de la familia le decían, fue en busca de un nuevo lugar para vivir, alejado de los pleitos recurrentes con su señora madre. Además quería aprovechar para encontrar un sitio que estuviera cerca del lugar donde trabajara, así que se dirigió a una zona de venta de departamentos en la Condesa con la esperanza de que alguien estuviera buscando un inquilino. No pensaba en comprar, sino rentar, pero quería hacerlo solo. Tras caminar un par de cuadras encontró en una puerta un letrero con la leyenda ‘en renta’. Tocó el timbre y lo atendió una mujer, quien le reveló el alto precio mensual que pedía. No podía pagarlo, era casi todo el sueldo que percibía actualmente.

Aunado a esto la mujer le comentó que debía firmar un contrato por un año, que era el tiempo mínimo que esperaba su inquilino estuviera habitando el lugar, en caso de salirse antes, debía pagar una multa por incumplimiento, lo que asustó a Panchi, quien comenzó a darse cuenta de la cruda realidad; sin embargo, no iba a desistir.

Encontró un lugar en una zona más sencilla, cerca del metro Balderas, donde pagaba cuatro mil pesos, aproximadamente un tercio de su salario. Se le hizo fácil irse después de que no le pidieran estar cierto tiempo determinado, sólo le exigieron pagar dos meses por adelantado. Conforme pasaron los días, los estados de cuenta de sus tarjetas comenzaron a llegar a casa de sus padres, quienes se los enviaron a su nuevo hogar. Las facturas de los servicios llegaron a su nuevo buzón. Los gastos de comida, bebidas, fiestas y uno que otro antojo no eran tan fáciles como pensó. Entonces, tras dos meses muy sufridos, agachó la cabeza y regresó a casa de sus padres.

“No pienses que aunque una renta parezca barata será fácil. Te fuiste teniendo muchas deudas que podías pagar porque vivías con nosotros. La comida no es barata y menos si no tienes estufa o refrigerador. Piensa tantito antes de dejarte llevar por tus arranques”, fue el consejo que le dio mi tío cuando Francisco entró por la puerta de regreso, cabizbajo y con una nueva enseñanza de vida para el futuro.