El fin de semana pasado, después de salir de un local de venta de canceles de aluminio, decidí caminar por las calles de aledañas a División del Norte y Miguel Ángel de Quevedo con la intención de conocer algún lugar distinto, diferente y mágico.

Primero fui a Coyoacán, donde sus calles siempre me han llamado la atención por sus callejones empedrados y casas con arquitectura antigua que esconde detrás algún increíble secreto.

Mientras caminaba por la calle de Francisco Sosa, me topé con un edificio rojizo conocido como la fonoteca. Ya había escuchado sobre ella pero jamás había entrado, ni siquiera sabía dónde se encontraba, por lo que, al verlo el edificio decidí entrar a dar un vistazo. Como yo iba en búsqueda de algún lugar mágico y tranquilo, la fonoteca me brindó eso que buscaba gracias a que al fondo del mismo se encuentra el jardín sonoro: un espacio verde con árboles, flores y césped recién cortado donde puedes disfrutar del sonido de la naturaleza acompañado de piezas clásicas e instrumentales provenientes del acervo de la fonoteca.

 

Encontrarte rodeado de naturaleza y sonidos de árboles, ardillas correteando y gatos paseándose libremente junto con piezas musicales extraordinarias de fondo, hicieron de ese encuentra una visita muy especial.

Al salir del edificio, seguí caminando por Miguel Ángel y cuando llegué al Walmart que se encuentra en la esquina de Universidad, encontré otra calle empedrada. Decidí entrar y explorar lo que me ofreció ese descubrimiento fue una casa antigua, grande y con fachada de gente rica, pero rodeados de parques llenos de vegetación, puentes y mucho silencio. Puedes caminar entre el verde de sus caminos y disfrutar de tu alrededor mientras ningún sonido citadino te saca de tu ensoñación.

Al terminar de recorrer ese especial escondido detrás de tiendas, edificios, tráfico y un paradero de camiones, llegué a San Ángel. Otro espacio lleno de calles empedradas, un centro con cafés y restaurantes y edificios y casas antiguas. Decidí tomar un café mientras leía un libro y disfrutaba del atardecer, pero seguía sin encontrar ese lugar mágico como los otros dos. Caminé por una calle hasta que llegué a un callejón empedrado que de inmediato llamó mi atención. Decidí seguirlo para encontrarme con el místico lugar no antes visto. Dentro había casas antiguas preciosas. Una de sus calles cerradas estaba adornada con una puerta enorme de piedra como si fuera una ermita. Las puertas de las casas eran de madera vieja lo que hacía que te perdieran en un mundo extraño y fantástico. Al centro de este lugar de ensueño había un pequeño y silencioso jardín con bancas de piedra. Me senté a escribir y a disfrutar del aroma de los árboles y del silencio del lugar.

Parecía que había entrado a un espacio sacado de un libro de fantasía y cuando comenzó a llover la magia del entorno se atenuó bastante ya que la Piedra mojada junto con ese olor a lluvia y el rocío de los árboles creaban una atmósfera mística que nunca creerías que en la Ciudad de México podrías encontrar.